Los aliados más extravagantes de la medicina

El País 2018-07-15
Sapos, ratas, hormigas, abejas, perros... Cuando la tecnología es demasiado cara, así ayudan los animales a diagnosticar enfermedades.

Dispositivos de tomografías por emisión de positrones, secuenciadores masivos de ADN, robots cirujanos, gafas de realidad virtual para cirujanos, ecógrafos de bolsillo... La progresiva tecnificación de la medicina, especialmente en los hospitales, con aparatos cada vez más complejos y avanzados, es innegable. Pareciera que para dar cualquier paso en un diagnóstico o tratamiento tuviéramos que recurrir obligatoriamente a un artilugio de alta tecnología. Sin embargo, no siempre fue así o, mejor dicho, casi nunca fue así. La historia de la medicina es casi tan antigua como el hombre y el uso de complicados cachivaches por profesionales sanitarios es un fenómeno relativamente reciente en el tiempo.

En el pasado, los médicos tenían que conformarse con lo poco que había para diagnosticar y tratar a sus pacientes y ello fomentó prácticas muy originales. Al fin y cabo, la necesidad es la madre del ingenio. Incluso hoy en día, en zonas rurales remotas o en países pobres, la medicina se ejerce con lo más básico y la alta tecnología brilla por su ausencia. En estos casos, el ingenio para conseguir lo máximo a partir de lo más sencillo se convierte en imprescindible. Así, ¿si la tecnología es demasiado cara para emplearla en medicina, por qué no recurrir a la naturaleza?

Podría parecer poco heterodoxo, incluso extravagante, pero lo cierto es que diferentes especies animales han ayudado a los humanos en la práctica de la medicina, tanto en el pasado como en el presente. Por ejemplo, textos antiguos de hace milenios ya explicaban cómo las hormigas solían arremolinarse en torno a la orina de determinadas personas afectadas por diabetes. ¿La razón? Un incremento de la cantidad de glucosa (comúnmente mal llamado "azúcar") en la orina atraía a las hormigas, que se alimentaban de ella. En ese sentido fueron unas pioneras en el diagnóstico químico de la diabetes. Tendríamos que esperar al siglo XVII, cuando el valeroso Thomas Willis tomó la iniciativa para catar el pis y diagnosticar así la diabetes por su sabor dulce.

No menos original es recurrir a batracios como pruebas rústicas de embarazo. Nos referimos al famoso test de la rana. Se empleó intensivamente hasta mediados del siglo XX para confirmar el estado de señoritas con sospechas de estar encintas pero, aún hoy en día, se sigue utilizando en países sudamericanos por su sencillez y bajo coste. El principio por el que funciona es ciertamente curioso: al inyectar orina de una mujer embarazada a una rana o sapo hembra bajo su piel, la hormona gonadotropina coriónica humana (elevada durante el embarazo) induce la ovulación del animal, que pondrá huevos en un plazo de 24 horas, confirmándose así el estado de embarazo. Sin duda, se trata de una solución elegante por su sencillez, aunque ciertamente no muy glamurosa, antes del desarrollo de los modernos test de embarazo.

A veces, la vida puede tener un peculiar y sarcástico sentido del humor. Cuando pensamos en ratas, inmediatamente las asociamos con pobreza, malas condiciones higiénicas y transmisión de enfermedades. En Mozambique, sin embargo, crían y entrenan a ratas gigantes para diagnosticar la tuberculosis de forma rápida, precisa y barata (solo 30 céntimos de dólar al día). Gracias al agudo sentido del olfato que poseen estos roedores, son capaces de reconocer el olor típico que desprenden las muestras de esputo (secreción de las vías respiratorias) de las personas afectadas por la enfermedad. Son capaces de revisar 70 muestras en 10 minutos. Es mucho más eficiente que un técnico de laboratorio que tardaría dos días en confirmar el diagnóstico. La atrevida idea, desarrollada por la ONG belga Apopo, ha permitido confirmar diagnósticos de decenas de miles de personas en un país pobre como Mozambique, con recursos escasos y una elevada incidencia de tuberculosis.

En el campo de la tuberculosis, parece que no sólo las ratas son una opción para diagnosticarla. Estudios científicos han revelado la gran sensibilidad de las abejas para reconocer el olor que libera la bacteria de la tuberculosis. Por ello, diversos expertos han planteado la posibilidad de entrenar abejas, al igual que las ratas, para diagnosticar la enfermedad de forma sencilla y barata. La ventaja adicional de estos insectos frente a los roedores es que resultar mucho más sencillo y barato criarlas y mantenerlas (además de dar rica miel). Además, las abejas no sólo podrían resultar útiles para detectar la tuberculosis, sino que también podrían serlo para detectar ciertos tipos de cáncer como de piel y pulmón. Aunque en este campo sólo se ha planteado de forma experimental.

Tras hablar sobre hormigas, ranas, sapos, ratas y abejas como aliados para la medicina no podíamos olvidar al mejor amigo del hombre: el perro. Su papel esencial en la detección de drogas o de personas enterradas bajo escombros, gracias a su portentoso olfato, es conocido por todos. Lo que es bastante desconocido es su gran habilidad para detectar y avisar con antelación a sus dueños diabéticos de ataques de hipoglucemia o hiperglucemia (glucosa en sangre demasiado baja o demasiado alta, respectivamente). De hecho, existen programas de entrenamiento estandarizado para adiestrar a los denominados perros de alerta de diabetes.

De nuevo, el agudo olfato de los perros, junto con la capacidad para detectar el sudor o ciertos temblores previos a un ataque, son la clave de su habilidad especial para detectar los cambios de glucosa en sangre antes incluso de que la persona diabética muestre síntomas. Así, al reconocer un posible ataque, el perro realiza una tarea específica (ladrar, sentarse o tumbarse) para alertar a la persona para que ésta pueda tomar medidas inmediatamente: ya sea ingerir comida rica en hidratos de carbono o pastillas de glucosa para ataques hipoglucémicos o inyectarse insulina ante ataques de hiperglucemia. Y es que, diabetes a parte, múltiples estudios reflejan los beneficios para salud que tiene convivir con este peludo y fiel animal. No es ninguna exageración, por tanto, afirmar que el animal que mayor beneficio terapéutico ha aportado a la humanidad como leal cuidador es el perro.

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