Jóvenes españoles en la meca tecnológica y científica de Japón

El Pais 2018-08-26
Talentos de España atraídos por las facilidades del país nipón para la investigación explican cómo han superado las particularidades de la sociedad asiática para desarrollar sus proyectos

A unos 11.000 kilómetros de sus casas, sus amigos y sus familias, un grupo de jóvenes españoles, de entre 19 y 36 años, ha decidido apostarlo todo por Japón, una de las mecas de la tecnología que marca este siglo. Han encontrado allí facilidades que en otros países ni se contemplan y han superado la barrera cultural para adaptarse a una sociedad compleja. El proyecto Talento J, creado la Fundación Consejo España Japón para celebrar 150 años de relaciones diplomáticas y amistad entre ambos países, los ha reunido y busca otros más, de todos los ámbitos, para demostrar que la larga distancia es, a veces, el camino más corto para culminar los sueños. Eva Garrido, directora de la entidad que pretende estrechar los vínculos entre las dos naciones, habla del "siglo de Asia" y del enorme potencial español. "Ellos crearán las relaciones de futuro entre ambos países. ¿No merece la pena conocerlos e inspirar a otros?", se pregunta.


En el país del sol naciente se encuentra el primer español doctorado en Matemáticas por una universidad japonesa, expertos en inteligencia artificial e investigadores de todos los sectores. Estos son algunos de estos jóvenes de una generación de talentos emigrados.

Atracción robótica
A Paco Arjonilla, ingeniero industrial por la Universidad Politécnica de Madrid, Japón le entró por los ojos, por la televisión. Desde niño le atraían los robots, pero también el idioma nipón, que le abrió la puerta a una cultura que le entusiasmó y que quería vivir.

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Tras un complicado paso por Tokio, recala en la universidad de Shizuoka, donde ha encontrado el ambiente propicio para su investigación sobre inteligencia, de la que prepara el doctorado. "Estoy trabajando con nuevas teorías basadas en matemáticas abstractas. Una de las primeras aplicaciones en el ámbito científico es la unificación de la inteligencia artificial, aunque también tiene ramificaciones en neurociencia y en la evolución de las especies", explica.

La falta de oportunidades en España le llevó a trabajar como diseñador de electrónica en Inglaterra y, después, a completar un máster de inteligencia artificial cognitiva en Utrecht. Hasta que ha encontrado en Japón el entorno que buscaba.

Uno de los aspectos que más destaca de la cultura nipona es el respeto por los demás: "Puedes reservar una mesa dejando el móvil en ella y perderlo de vista sabiendo que, cuando vuelvas al sitio, el móvil seguirá ahí".

Precisión y burocracia
Adrián Jiménez Pascual llegó con nueve años al japonés a través del kárate y al país, muchos años más tarde, por su carácter innovador en la ciencia y la tecnología. Licenciado por la Universidad Complutense en Matemáticas, aterriza en Tokio para completar un máster y el doctorado en teoría de nudos. Huía de la encorsetada estructura española de maestrías y, gracias a la beca MEXT del Gobierno japonés, consigue completar su propósito en la Universidad de Tokio con la dirección de Toshitake Kohno.

Desde abril está empleado en Works Applications, una empresa japonesa de planificación de recursos empresariales. "Trabajo como único matemático rodeado de ingenieros informáticos en el departamento de inteligencia artificial. La usamos para facilitar la gestión interna de empresas (preguntas frecuentes, administración, predicción de bajas, análisis sentimental de los trabajadores a través del lenguaje utilizado en sus mensajes)", explica.

Su actividad laboral no le impide desarrollar otra de sus vocaciones: la creación de juegos de mesa. En octubre tiene prevista la salida de Squadro (editorial Gigamic).

Como el resto de sus compañeros, alaba la precisión de la sociedad japonesa y sus servicios. "Se puede decir que todo funciona como se supone que debe funcionar", afirma. Pero lamenta, como otros emigrantes, la excesiva y tediosa burocracia, que puede convertirse en un muro insalvable si no se cuenta con las herramientas del idioma. Advierte del riesgo de "aislamiento" por la dificultad de las relaciones sociales y lamenta el machismo existente en Asia.

El imperio de la corrección
Marta Pina ha culminado esta etapa de su vida donde quería, en el Laboratorio de Antropología Física de la Universidad de Kioto y con los investigadores más destacados de la paleoprimatología. Estudia a los hominoideos del Mioceno, un grupo de primates que hace 20 millones de años en el que se incluyen chimpancés, gorilas, organgutanes, gibones, humanos y sus antepasados.

Jóvenes españoles en la meca tecnológica y científica de Japón
Ahora amplía en Japón la investigación de su doctorado en el Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (Barcelona) sobre la evolución de los comportamientos locomotores en estos hominoideos del Mioceno. "Tenía claro que quería continuar en el mundo de la investigación, a pesar de las dificultades que para ello tenemos en España. Como casi todos los investigadores de mi generación, nuestro futuro pasa por salir al extranjero tras acabar la tesis. Fue en este momento cuando se me presentó la oportunidad de solicitar una de las escasas y prestigiosas becas JSPS del Gobierno de Japón. No dudé en venir para seguir investigando y, al final, seguir haciendo lo que más me gusta", comenta.

La lejanía de su entorno y su cultura la compensa con las facilidades que le da Japón por sus recursos económicos y tecnológicos. "Mi trabajo por ejemplo incluye estudiar la estructura interna de los fósiles, así como la morfología externa, y para ello escaneo los especímenes con la ayuda de tomografía computerizada (TAC, según sus siglas en español) o escáneres superficiales que permiten crear modelos 3D. En Japón tengo acceso a todos estos recursos dentro de mi laboratorio, que aquí es considerado pequeño, ya que apenas somos tres investigadores y ocho estudiantes".

En septiembre tiene programada una visita, con otros investigadores de Japón, a Kenia para estudiar fósiles en el Museo Nacional del Nairobi. "Lo que en España consigues a través de pedir proyectos y becas complementarias, en Japón, la propia universidad te proporciona estos recursos para las tan necesarias estancias y excavaciones", explica.

Para llegar ahí ha tenido que superar varias barreras. La primera, el idioma. La segunda, al igual que destaca Adrián Jiménez, la burocracia: "La mayoría de los trámites se realizan a mano o a través de correo postal. No obstante, los japoneses son gente muy amable y paciente que siempre van a intentar ayudarte en todo lo posible".

Aún intenta mantener el equilibrio en las relaciones políticamente correctas de su actual país. "A los japoneses les cuesta mucho tomar decisiones o dar una opinión o una respuesta concreta a una pregunta. A esto se suma la jerarquía, que en Japón es muy marcada. Por lo que he podido experimentar, la mayoría de los japoneses tienen, por decirlo de alguna manera, miedo a fallar o a que la respuesta que dan no sea del agrado del interlocutor o 100% correcta. Hay temas que se alargan simplemente por esta cuestión. En España somos mucho más directos cuando se trata de resolver cosas o incluso dar opiniones", destaca.

Recelo ante la novedad
Nahum Álvarez, investigador en robótica e inteligencia artificial, coincide en percibir rigidez en algunos comportamientos sociales, aunque advierte que los japoneses son "más abiertos de mente de lo que podría parecer". "Se puede decir que son poco flexibles a la hora de adoptar novedades, pero gracias a esa misma mentalidad consigan depurar al máximo tecnologías antiguas que en occidente ya se habrían sustituido por sistemas más modernos", explica.

Ya lleva ocho años en un país por el que siempre se había interesado. "Mientras cursaba mis estudios de máster, obtuve en 2010 una beca Monbukagakusho para realizar el doctorado en Japón. Después de obtener el título, me trasladé a Nagano a trabajar como investigador en robótica y, posteriormente, volví a Tokio para trabajar investigando en inteligencia artificial para simuladores".

Su doctorado versó sobre "narración interactiva aplicada en entornos virtuales para entrenar usuarios", lo que le llevó a trabajar en robótica, como desarrollador de videojuegos y, actualmente, a investigar sobre aprendizaje de simuladores de multitudes. Colabora con un pequeño grupo de la Unversidad Complutense llamado Narratech que se encarga de trabajar sobre videojuegos y realidad virtual.

"En investigación, los trabajos son mucho más flexibles y abiertos a extranjeros. No difiere mucho de lo que podríamos ver en un laboratorio de otro país. Los trabajos más normales sí que tienen esas cosas de fuerte jerarquización, lenguaje protocolario o tomarse las "nomikai" (salir a beber con los compañeros del trabajo)", relata.

El mito de la falta de vacaciones
Carolina Fiallos, bióloga nacida en Barcelona, llegó a Tokio en 2015 tras culminar un máster en genética y genómica del desarrollo para pasar seis meses y se ha quedado tres años en el departamento Life Science and Medical Bioscience de la Universidad de Waseda. Trabaja en la investigación de la formación y desarrollo del cerebro a nivel molecular y en el estudio de los genes y mecanismos que pueden afectar al sistema nervioso con el fin de colaborar en el desarrollo de métodos terapéuticos para enfermedades como el parkinson o el alzhéimer.

Carolina Fiallos.
Carolina Fiallos.
Como muchos de sus compañeros españoles, llegó a la cultura japonesa por el anime, el manga y la música. Un viaje familiar con 13 años le dejó enamorada del país y supo que volvería. Su profesor de genética durante la carrera y el máster le habló de Shinya Yamanaka, Nobel en fisiología y medicina, y la convivencia con una familia japonesa fijaron la idea de que su destino estaba en el país asiático.

Mientras trabajaba en bar español de Japón donde no había españoles se encontró con menos problemas de los previstos para ingresar en la universidad de Waseda y ser becada por la fundación Otsuka Toshimi. "Hay más facilidades económicas para nosotros los extranjeros que para los japoneses", comenta.

Temía el mito de la falta de vacaciones o de los horarios interminables, pero se encontró con una organización flexible y un profesor "comprensivo y colaborador" que le ha hecho la vida más fácil.

Coincide con Adrán Jiménez en lamentar las actitudes machistas. "Los clientes del bar me han llegado a preguntar si vine a Japón a buscar un marido japonés", relata. Pero percibe cambios en la sociedad y quiere trabajar en el país nipón, al que se ha adaptado con más facilidad de la prevista.

La visión de un retornado
Jon Ochoa aporta la mirada de uno de estos jóvenes tras su paso por Japón, donde cursó estudios entre 2006 y 2009 gracias a la beca de posgrado del Gobierno japonés Monbukagakusho. Hace ocho años que regresó y, además de recordar con total satisfacción la experiencia, ha aprendido a ver a todos los que emprenden una aventura similar en España como "héroes".

Jon Ochoa.
Jon Ochoa.
"En Japón hay una cultura de admiración por el esfuerzo, muy muy lejos de los que sucede en España, y uno se siente valorado por estudiar e investigar. Esto te genera un sentimiento incluso de agradecimiento, cosa que en España es más próximo a la frustración o abatimiento", explica.

En España le fue imposible conseguir una beca para poder proseguir sus estudios porque, según analiza después de ocho años de vuelta, son "escasas, malas y con criterios de selección injustos (únicamente por nota media de un expediente académico)". En Japón, sin embargo, puedo investigar durante tres años en un laboratorio de biología molecular clínica estudiando los mecanismos de silenciamiento génico de levaduras patógenas, como cryptoccocus y candida. Este trabajo le posibilitó doctorarse en el centro nacional de biotecnología (CNB-CSIC) en virología molecular de plantas. "Hubiera sido imposible para mí poder engancharme a un laboratorio tan potente como en el que estuve en el CNB o incluso a cursar el doctorado si no fuera por la estancia que realicé en Japón". De ese país guarda el recuerdo de los mejores momentos de su vida, sus mejores amigos y un sin fin de anécdotas. "También cambió radicalmente mi visión sobre la migración y las dificultades y calamidades de vivir en un país dónde no conoces a nadie y no entiendes el idioma. Para mí ese tipo de gente, que se lanzan a la aventura a empezar de cero en un país lejano son verdaderos héroes. Cuando veo un extranjero en España no puedo dejar de sentirme identificado y necesito devolver toda la ayuda que a mí me prestaron en Japón, con quienes ahora vienen a mi tierra", concluye.

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